SONAMO´LOS CACEROLAZOS

18.09.2012         20:00     BUENOS AIRES
 
Daniel Cadabón
 
 

De acuerdo a algunas interpretaciones interesadas, el jueves 13 de setiembre se ha transformado en un momento histórico que tiene un sabor concluyente; en auxilio a esta conclusión fatídica, personajes de laya pulcra se han visto en la necesidad de transitar el complejo campo de las comparaciones. Se sabe, que si uno compara un momento iniciático e incierto en su desenlace futuro con otro pasado, y que por eso mismo ha perdido su carácter oscuro, se gana en certeza y se le da una orientación general a la opinión pública, con lo cual no sólo se legaliza la acción sino que se evitan mayores comentarios “esto es como cuando…las cacerolas hicieron ruido en 2001”.

 

Pareciera entonces que la acumulación de palabras dichas sobre las jornadas coronadas con el vuelo de un helicóptero, más de 30 cadáveres y cinco apresurados cambios en el ejecutivo, cobraran de golpe un metálico sentido distinto al que traían las mareas combativas de diciembre de 2001 a julio-agosto de 2002.
 
El dramatismo que convocaban las oleadas de movilizaciones en aquellos meses; las caídas presidenciales; los escraches públicos a funcionarios y diputados de todos los partidos burgueses, que no podían ver el sol de ese caliente verano; la unidad lograda entre las caras tiznadas con el calor del caucho quemado y las vecinas y vecinos que reacomodaban sus neuronas para analizar el rol de los banqueros, de sus representantes políticos, de los legisladores y gobernadores que abandonaban sus cargos como ratas que dejan el barco ante la inminente desolación del naufragio, podría servir de desmentida a cualquier cálculo comparativo.
 
En 2001, mientras las masas de jóvenes estudiantes y trabajadores se prendían en una lucha feroz en contra de los esbirros armados por los banqueros y los representantes estatales, dejando su sangre en las calles, su sudor y su carne cortada por los perdigonazos de itakas, la simpatía pequeñoburguesa (clase media) bajaba de los balcones al son de palmas, objetos contundentes arrojados contra las fuerzas de represión y gargantas irritadas en cánticos comunes de unidad en contra de un régimen que ya no tenía nada más para dar. La clase obrera iba copando las fábricas abandonadas por los patrones, mientras que en otras se repudiaban a los represores y a los políticos socios de banqueros e imperialistas y se organizaba la defensa por las fuentes de trabajo y contra las rebajas salariales. A la burocracia sindical se entumeció la lengua de tanto gritar que hay que defender al régimen republicano y que para esto era necesario evitar las huelgas y la participación organizada de los trabajadores en los actos de rebelión. Ahí estaban los burócratas, presentes en la asunción de cada nuevo presidente, en primera fila como garantistas de la paz social que permitiera descargar los efectos de la crisis sobre los obreros y el pueblo. Los caceroleros de hoy con sus consignas republicanistas… estaban del otro lado ayer.
 
Las discusiones callejeras de aquellos febriles meses se volvieron frontales en plazas, parques, estaciones terminales, lugares de trabajo.
 
Los lugares de trabajo ardían, por lo confuso del repliegue burgués, en una atmósfera de debate a la búsqueda de una interpretación que se adueñe del desconcierto y que le dé una salida popular al recurso de crisis capitalista. Las diferencias comenzaban a visualizarse, “los que antes parecían decir todos lo mismo” ostentaban ahora definiciones contrapuestas. Se discutía una estrategia revolucionaria para un régimen que necesitaba una sepultura, los oídos estaban atentos y los cerebros empezaban a entrar en combustión.
 
Sin embargo, locuaces caballeros engominados que gritan por libertad, por democracia, por la conservación de las formas republicanas, se consideran herederos de una etapa histórica que se caracterizo por ser la antípoda a semejantes reclamos. El griterío ruidoso y la bullanga de cacerolas desfondadas en la actualidad, no se aproximan al acontecimiento fundante más que por sonido metálico. La red no tapa la plaza, la puteada mata el debate, el apoliticismo que proclama una nueva forma republicana es conservadurismo puro que busca poner en marcha a una oposición burguesa degradada. Hasta tal punto degradada, que hace posible un reino del revés: “humildes ciudadanos” se dirigen a los representantes de la derecha (Macri, Scioli, Alfonsín, de Narváez, De La Sota y otros) para gritarles “hagan algo, se nos escapa la republica”.
 
A no engañarse ni a desmentirse en los recovecos del relato, el pedido puntual es tan lejano al 2001 como cercano al conservadurismo más rancio de centro-derecha y derecha.
 
Disgusta volver a escuchar a la renovada camada de viejos camaleones con el viejo discurso del “derecho natural de un pueblo” a la libertad de competir, a la libertad de mercado. “Derecho natural” que se extiende por supuesto, a una sólida oposición bipolar, populista y devaluadora, a la medida de los viejos expropiadores de la renta nacional.
 
Las cacerolas suenan como recurso extremo a un kirchnerismo sin rumbo y en crisis. Esta vez son adversas a los cambios políticos, defienden como un valor religioso formas de dominación “éticas”, con el valor agregado de entregarse sin recaudos a la ilusión de que los fracasados de siempre son capaces de “cambiar las formas y el fondo”. No es casual que revivan los callados, que saquen pecho los alfeñiques, que escondan los trajes sucios los que huyeron arrastrándose.
 
¿Cómo es posible semejante cosa?
 
Olvidarse de que “en la Argentina todo es posible” sería un buen comienzo.
 
Es de rutina, de manual como se dice: el fracaso del nacionalismo burgués da dos opciones: o las tareas que condenan a la postergación nacional son tomadas por las organizaciones obreras y sus partidos o la derecha medra.
 
El kirchnerismo es pura desmentida, un enorme codo que borra todo lo que dice, y esto se condice con la desmoralización de sus creyentes y la desmoralización, nunca es buena consejera.
 
La derrota del nacionalismo burgués representado por estos millonarios disfrazados “de negros peronchos”, como le gusta decir a las nuevas camadas nac & pop que habitan en Puerto Madero, es tarea de la izquierda. El kirchnerismo será superado por izquierda o no será. Porque de lo que se trata en todo caso, para el pueblo, es de cambiar al cadenero.
 
La desmoralización que provocan los que se sientan a argumentar a favor del gobierno no pasa la prueba de un spot de fútbol para todos; defender a los pagadores seriales de deuda, que saquean las cajas de jubilaciones a favor de los capitalistas, que comprometen a un 40% de trabajadores a la precariedad laboral, que vota leyes antiterroristas, que sostiene a muerte sus vínculos con burócratas comprometidos hasta los tuétanos con la represión a luchadores, es una causa vacía.
 
La derecha saca pecho por esta incuestionable volatilidad de argumentos oficiales para sostenerse como un gobierno de izquierda. Es más, se sienten conformes y avalan esta definición del oficialismo, porque en definitiva los ayuda a castigar en el imaginario popular lo que se “cree de la izquierda”. “Se dan cuenta –le dicen los engominados al pueblo, con el pecho ahíto de verdades seculares- estos son iguales que nosotros aunque sin respetar las formas republicanas”.
 
Con ellos también habrá corrupción, represión, precarización laboral, pero de forma diferente más brutal y descarnada. Es todo lo que tienen para ofrecerle al pueblo, devaluación, antiabortismo, valores religiosos y devaluación.
 
No hay ingenuidad posible en medio de esta situación política, ni buenos modales que tapen la maniobra: las cacerolas suenan para hacer sonar al pueblo, para privarlo de una alternativa política independiente que enfrente a los capitalistas. La derecha actúa preventivamente tratando de acumular lo que natura no les da ni salamanca les presta. Su disputa contra el kirchnerismo es un tiro por elevación a una futura disputa contra la construcción de organizaciones y partidos obreros y populares independientes que instalen representantes obreros en las próximas legislativas. Lo que aparenta ser un recurso ético, no supera la prueba del más “innoble” postulado electoral.
 
La derecha está en campaña, el kirchnerismo responde que “el amor vencerá al odio”, es decir negociemos.
 
Bergoglio pide nada de aborto, Clarín pide seguir siendo Clarín el 8 de diciembre; la burocracia sindical pide el dinero de las Obras sociales y la libertad de Pedraza; los grupos enrolados con Rocca y los sojeros: la devaluación; la centroizquierda…bueno la centroizquierda pide que los tengan en cuenta de alguno los bandos en pugna.
 
Las tensiones están echadas a rodar. El kirchnerismo pregona el amor como el raví Shankar pregona aguantar el aliento.
 

Que el pueblo caiga en la cuenta.
 

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